martes, 12 de marzo de 2013

¿Victoria póstuma?

Tras la muerte de Hugo Chávez una ola de incertidumbre se extiende sobre Venezuela


El fallecimiento del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, el pasado día 5 de marzo, ha abierto el debate sobre el futuro del país. Son muchas las preguntas que se plantean sobre cuál es el mejor camino para Venezuela, un país que, dependiendo de las voces que se quieran escuchar, se encuentra en pleno progreso o en plena crisis. Trece años han sido los que el presidente Chávez ha tenido el mando y los más favorecidos por su presidencia temen ahora un cambio en la línea política del país. Toda la política de Chávez, al menos de cara al electorado, se ha basado en sacar de la pobreza a Venezuela. Una táctica que difícilmente podía fracasar de cara a obtener una victoria electoral, pero que sí sería ardua de llevar a cabo. Múltiples programas sociales de educación o inversión en salud pública fueron algunas de las medidas que el fallecido presidente utilizó para hacer efectivo su propósito. Asimismo, el aproximado cincuenta por ciento restante de la sociedad venezolana, ya que el balance de detractores y defensores de Chávez nunca ha terminado de inclinarse hacia uno u otro lado, ha intentado sacarle los colores en más de una ocasión al presidente. Los opositores han utilizado la exagerada inflación del país, la peor de Latinoamérica en los últimos diez años, o la escasa libertad de expresión de la que han gozado durante estos años para hacer ver a la sociedad que las intenciones de Chávez no eran tan limpias. Así, la división social entre chavistas y opositores ha estado presente durante todos los años en que Chávez se ha perpetuado en el cargo.

Finalmente, la opinión más relevante, la que está en Venezuela, el próximo 14 de abril saldrá a la luz, confirmando el apoyo al chavismo y a su nuevo líder, Nicolás Maduro, o negándole la presidencia al pupilo de Hugo Chávez.

lunes, 11 de marzo de 2013

Chavismo poschavista

El fallecimiento de Hugo Chávez ha azuzado los editorales de todo el mundo


El presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, falleció el pasado 5 de marzo de cáncer, lo cual ha impulsado el surgimiento de opiniones enfrentadas en el escenario social. Los defensores del régimen chavista apuntan la popularidad del difunto, su cercanía al pueblo, su compromiso para con la Constitución venezolana y la instauración de una efectiva democracia participativa. Por el contrario, sus detractores, encabezados por el Gobierno estadounidense, lo han querido relacionar con el comunismo y el narcoterrorismo colombiano, considerándolo un «agente de Fidel Castro» o un nuevo dictador similar a Benito Mussolini o Adolf Hitler.

Es innegable que el chavismo no se ha caracterizado por perseguir los intereses norteamericanos, como señaló en 2002 el director de la CIA, George Tenet. Sin embargo, ello no justifica el apelativo que durante tantos años ha acompañado al nombre del presidente. Ciertamente, Chávez ha sido un líder querido y hasta mitificado por el pueblo venezolano, pero, si bien sus actuaciones políticas y diplomáticas no siempre han sido las más acertadas, en ningún momento se ha caracterizado por ejercer un gobierno del terror. Quizá no instaurara el régimen más garantista del tiempo actual, pero no se puede decir que la libertad de expresión en Venezuela sea menor que en muchos otros países democráticos ni que la oposición no tenga la posibilidad de acceder al poder mediante un procedimiento institucionalizado, lo que precisamente el sucesor designado de Chávez, Nicolás Maduro, puede poner en peligro con su uso arbitrario de las fuerzas armadas.

Populista o no, Chávez no debe ser considerado un dictador por su liderazgo carismático. Queda por determinar si, a falta de ese carisma, su sucesor definitivo sucumbirá a la tentación de convertir el régimen chavista en lo que sus opositores internacionales han venido denunciando.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Caos a la italiana

La pérdida de la fe en la política se extiende con preocupante rapidez por Europa


Italia se define en estos días con una palabra: ingobernable. Los resultados de las últimas elecciones han colocado a este país en la cuerda floja al arrojar el poder en tierra de nadie. Los votos, repartidos en tres frentes, no dejan precisamente un futuro optimista para el país, sino más bien caótico: por un lado, la derecha de Berlusconi, quien, a pesar de haberse visto envuelto en importantes escándalos en los últimos años, sigue contando con el respaldo de un amplio sector de la población; por otro, el antagonista de centroizquierda Bersani, el cual habría obtenido la victoria en el Senado con un 31,6 % de los votos de no ser por la actual e incomprensible ley electoral italiana, que ha otorgado un mayor número de senadores a Berlusconi. Y, entre las dos caras de la moneda, el popular Beppe Grillo con su Movimiento 5 Estrellas, que se ha llevado de calle un 25,55 % de los votos. Su éxito radica en que ha conseguido captar la atención del pueblo, convirtiéndose así en su voz frente a los ya conocidos dinosaurios políticos.

La incompetencia política puede ser peligrosa en cuanto a la aparición de líderes populistas que monopolicen toda la atención con argumentos críticos al panorama y los recortes, y luego, una vez conseguido el poder, se vuelvan a quedar en nada, como ha estado ocurriendo en la última década. El caso de Italia, aunque aislado dentro del escenario internacional, podría no ser el único que se presente en una Europa cansada del estancamiento político, con líderes más preocupados en acaparar el poder que en tomar medidas efectivas, pues hace ya años que empezó la supuesta recesión económica y apenas se ve la luz al final del túnel; más bien al contrario: la situación se parece al principio del fin. El fin de la justicia social.